Siento que mi cuerpo ya es inmune a la cafeína, la etiqueta verde de mi vaso se esta volviendo tan peligrosamente familiar como la pared blanca y brillante que cada tarde observo mientras espero los minutos para verte.
Pareciera que ya saben que ese es mi lugar, que me siento para opacar la adrenalina y la angustia que crecen en mi interior cada vez que cruzó el umbral de este hospital. Mis manos ya no tiritan, quizás sea que el invierno de afuera se olvida al son de la calefacción de este lugar o que mi cuerpo ya no gaste energía en cosas tan humanas. Entre nos, preferiría la segunda, necesito fuerzas para hacer oídos sordos a todo lo que me dicen.
El tiempo se vuelve tormentoso mientras mis ojos se pasean por la pared blanca mientras espero que alguna enfermera grite tu nombre, me paro de forma brusca y nerviosa arreglo mi ropa, te juro que lo único que quiero es que esta pesadilla acabe. He rozado con mi mano mi vientre y antes de entrar a la habitación en la que te encuentras en ese sueño en el que aun porfías y te niegas a despertar suspiro recordando que no puedes irte, que no debes irte, que no quiero que te vayas.
Una nueva visita y te ves tan perfectamente dormido como siempre, no sabes lo mucho que sufro cuando entro y la enfermera cierra la puerta, te veo ahí dormido y mi corazón descansa aliviado: aún estás vivo; pero algo en mi interior me lleva a desesperar y no estoy usando ninguna metáfora; el fruto de nuestra ultima noche juntos me lleva a desesperar, el fruto de la ultima noche en la que me besaste, en la que me dijiste te quiero, en la que sonreíste antes de convertirte en un pequeño indefenso rodeado de maquinas, en la que escuché por ultima vez el suspiro que lanzas antes de decidir a dormir, el fruto de esa noche que después de todo este tiempo se que tiene corazón y que desea tener familia.
Pongo mi mano derecha sobre mi ya no tan pequeña panza y la izquierda sobre tu frente, te transmito vida, quiero que despiertes, que pronuncies mi nombre, que me digas que todo pasará y que fue un pésimo sueño. Me siento a tu lado te tomo la mano, te cuento todo, no guardo detalles, se que me escuchas.
Aprieto mis labios contra los tuyos y acaricio tu cara, es increíble como aun guardo la esperanza de que despiertes.
Los minutos pasan volando a tu lado, siento que la muerte viene a buscarte, siento que está en la misma pieza, tengo miedo, tanto miedo como el día en que tu madre me llamó llorando diciendo que la imprudencia de otro te hacia pelear por la vida, tanto miedo como la noche en que debía contarte que debíamos comprar otra cama porque crecería nuestra familia pero me vi en una sala de espera rogando a Dios que te mantuviera vivo para escuchar la noticia. Tengo miedo, tengo mucho miedo.
Siento que la muerte sigue en esta habitación, que se acerca a ti, casi escucho como su capa de sombras rompe el aire que roza. No, no, no puede llevarte ahora. Te abrazo con más fuerzas y una mano toca mi hombro, tirito y en un segundo he nombrado a todos los santos para que no sea la muerte.
- Ya es hora
Me da la sensación de que la enfermera se siente culpable al decir esas palabras cada tarde. No puedo quedarme contigo, no puedo pasar una noche entera a tu lado, debo irme… la visita a acabado.
Afuera está tu mamá, tu hermana, las saludo con los ojos, levanto la mano, y ella levanta el dedo pulgar, las tres estamos consientes de que esos gestos no significan mucho. Tu hermana se acerca a mí y me abraza, sus brazos me rodean y mi temple se destruye, estoy sufriendo tanto, mis lágrimas corren por mis mejillas y aterrizan en sus hombros, una tras otra, interrumpidas solo por un desgarrador gemido que explica mi desesperación; su abrazo se hace más apretado y logra calmarme, me toma la mano, me pide que esté tranquila.
Las luces que detienen el día en este hospital me dejan ciega y mi cuerpo vuelve a pedir un café. Ahora que lo pienso ni siquiera se que pedir, ni cómo pedirlo, tu hermana siempre lo hace por mi.
No se como he llegado hasta esta silla, el hospital me confunde, todas sus paredes tan desesperantemente iguales, escucho la voz de tu hermana.
- Un descafeinado
Paga, recibe, pone el típico vaso caliente, con la ya familiar etiqueta verde.
- ¿Creíste que nadie se daría cuenta? No puedes beber café embarazada, siempre pido descafeinado.
Una última lágrima cae por mi mejilla mientras llevo el vaso a mis labios. No he dicho ninguna palabra, no quiero decirlas, pero empiezan las preguntas…
- Y ahora ¿qué esperas?
- Doce horas
- ¿Para qué?
El día aún no acaba, sin ti los días no tienen comienzo ni final, lucho esperándote y seguiré luchando porque se que adentro de esa habitación tu también estás luchando, porque no me dejarás sola y yo tampoco lo haré, te amo.
- Para la siguiente visita