No ha pasado mucho tiempo, ¿nueve, diez meses? , está bien, ¿quizás un año?, se veía mejor… que digo mejor se veía ¡tan bien!, como sonreía con la mirada, se veía especialmente bien con esa polera, era increíble como no había cambiado, la pañoleta que usaba en el cuello combinaba con su ropa, era de esperar, definitivamente el amarillo es su color, además, algo se hizo en el pelo ¿o siempre fue tan brillante y perfectamente liso?
Aún no entiendo por qué estuvo acá, se sentó en esta cama con la delicadeza y la confianza de antes, como si nuestro último encuentro hubiese sido un mal sueño, me miró y se rió, sí, me estaba hablando, algo me estuvo contando, pero por las risas y por las miradas que lanzaba a la atmósfera entendí que era casi un monologo y que mi intervención no era necesaria. Perfecto, pude mirarla un rato más.
No, no a mi no me miente, jamás pudo hacerlo.
Se quedó callada y desperté de mi contemplación hacia su figura, sus ojos brillaban pero revivían de manera lenta y dolorosa el recuerdo.
- Y… ¿Qué has hecho?
- Nada, sigo estudiando, lo sabes – soné infinitamente más estúpido de lo que creen.
- Y… - la siguiente pregunta era sobre ella, sobre la que elegí en vez de ella hace ya un año. Lo predije, pero le evité el mal rato.
- No está acá, ni lo estará, ya no estoy con ella.
Creí que esa era la noticia que quería escuchar pero su mirada denoto amargura.
- ¿Qué te pasa? – puede existir en el mundo pregunta más difícil.
- ¿Cuánto estuvimos juntos?
- Dos años – no entendí su reacción, no supe que venía. Debí haberlo previsto – y tres meses – agregué para terminar de “arreglarla”
- Dos años tres meses – las palabras sonaban mas tristes de su boca – dos años tres meses que decidiste dejar de lado por ella.
Pude percibir en ese momento como apretaba el cubrecama con fuerza, me asusté.
- Y no ha pasado un año – me miró. Con una mirada penetrante, perturbadora, llena de tristeza, colmada en lágrimas. Me miró. – no ha pasado un año – repitió esa línea como si esperará que yo le dijera que era mentira – y no estas con ella.
- Si
Dios mio, que hombre con mas labia, que expresión, que tacto, imbécil es poco.
Se paró y por primera vez quería que me explicara a que se refería con esas palabras, me puse de pie, creí que se iba.

La última mano que esperé me tomara tan delicadamente la cara era la de ella y el último perfume que esperé sentir y que imagine me embriagaría era el suyo.
Es increíble como sentí que lo arruinaba todo por segunda vez.
No quiero levantarme, la cama aun huele a su cuerpo, su perfume aun se esconde entre estas sabanas y la esencia de su pelo reposa en mi almohada, siento que su piel aun desfila por mis manos y si cierro los ojos su peso aun descansa en mi pecho. No quiero emitir palabras pues mis labios aun saben a sus besos y no Dios, no me hagan preguntas que los recuerdos se desvanecen si pienso las respuestas.
- Dos años y tres meses, que dejaste por ella, lo acepté, grité, lloré, pero lo acepté. Pero ¿de que sirvió? Si a ella también la dejaste de lado. Te quise feliz y si los brazos de ella te hacían feliz, te quise con ella, y en menos de un año…
La entendí y me sentí un canalla.
El abrazo que me dio me traspasó como mil espadas, me quería, aún me quería. Mi mano desfilo por su espalda al tiempo que ella buscó mis mejillas. Esa piel, esos ojos, ese pelo, esos labios, esas mejillas rojas de ternura, de pasión y romance ¿en serio había sido capaz de perderla?
Me resistí a besarla, no lo arruinaría, no. Pero no fue necesario, sus labios se apoderaron de los mios y una lágrima calló por su mejilla, una lágrima que detuve con mi mano, ella no soltaría más lágrimas por mi. Mi mano desfilo por debajo de su polera y acarició su espalda.
Mi piel, su piel.
Mi boca, su boca.
Las prendas cayeron una a una al suelo. La polera amarilla abandonó su cuerpo y me deleité al son de su figura. La pañoleta que protegía su cuello lo dejo libre para mi y mi boca.
Mi cama volvía a observarme desnudo con ella, pero esta vez hacía el amor. Con todas sus letras, con ella, con la mujer que amaba.
No quiero levantarme, no se que es mas desolador, el echo de estar solo o el ver como su pañoleta cuelga en la silla del fondo.
- ¿Te vas? – pregunté incrédulo, inocente, creyendo que todo estaba bien.
- Me voy
- ¿Por qué tan pronto? Quédate un poco mas
Me volvió a mirar con los ojos llenos de paz, ¡tan distintos a los de hace unas horas!
- Te amo
Me sentí el hombre más feliz del mundo, me amaba, me amaba. Dios ¡me amaba!
- Yo también – dije sin vacilar.
- Nunca pudiste decirlo ¿ves?
Se acercó a mí y besó mi frente.
- Quédate – insistí.
- No puedo
- ¿Por qué?
- Me están esperando
- ¿Quién?
Su silencio me alarmó y luego me llenó de pánico. Agachó la mirada y luego la levantó solo para mostrarme que sus ojos volvían a amenazar con las lágrimas.
- Me dijiste que no me amabas, me dijiste que la querías a ella.
- ¿Quién? – repetí asustado, con un hilo en la voz.
- Juré odiarte, pero donde esté, te amaré de todos modos
- ¿¡Quién!? – mi duda se convirtió en locura y la locura en pánico.
- Te amo – se puso de pie, llegó a la puerta ¿por qué no la perseguí? – él mi amor, él me espera, nos vamos.
La última persona que creí vería salir de mi pieza esta semana era ella. No sigan preguntando, ni idea quien es “él”.
*
Camino a su casa el corazón de ella sintió el calor del amor y sonrió mientras una lágrima volvía a adornar su mejilla, en su cama él experimento lo mismo, sus almas estaban conectadas, sus corazones eran uno.
- Yo también – él susurró entre las lágrimas silenciosas que le hicieron entender todo – yo también mi amor – sus susurros a la distancia eran atendidos por el alma de quien debía recibir el mensaje - Yo también te amo.